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Utensilios o la irresponsabilidad de la política

En: The Clinic

Fecha: 2020-12-02

Autor: Lucía Dammert

Las palabras tienen un poder fundamental. Se pueden crear realidades a partir de frases o palabras que utilizadas de forma específica consolidan imágenes o emociones de temor, ansiedad, sorpresa o entusiasmo.  Hoy, cuando hablamos de las vacunas contra la covid-19 es muy probable que incluir palabras como “preocupante” o “parcial” o “avance” generen, frente al mismo hecho, reacciones sociales completamente distintas. 

No hay que ser genio o experto en comunicación para entender que los énfasis son clave para generar respuestas e interpretaciones. Esto es mucho más complejo cuando los temas de análisis son la (in)seguridad, dado que es una de las áreas que más ansiedad genera entre la población y ante la cual se despiertan las emociones más básicas. La política tiene una enorme responsabilidad a la hora de comunicar, informar y responder frente a hechos de violencia que pueden generar desde normalizaciones hasta pedidos de pena de muerte. 

Tal vez es mucho pedir responsabilidad en el lenguaje sobre la seguridad que, por décadas, ha sido utilizado como un recurso político electoral que desde ambos lados del espectro político ha traído resultados.  Las “olas de violencia” que generan los migrantes, el “aumento de la criminalidad que generó la reforma procesal penal” o “el positivo impacto de los controles de identidad” son sólo tres ejemplos. 

Por eso, lo ocurrido cuando se descubrió que un grupo de ultraderecha se había organizado para amenazar de muerte a la fiscal Ximena Chong, a cargo de múltiples denuncias por violaciones de derechos humanos y reconocida en las últimas semanas por su participación en el caso del joven “lanzado” al río Mapocho por parte de un funcionario de carabineros de Chile, es de extrema gravedad.  

Luego de una rápida investigación de la PDI se encontró a ocho personas, que se organizaron para amenazar directamente a la fiscal Chong, y en su poder se descubrieron una subametralladora Uzi, ropa de camuflaje, armas de fogueo, escudos, casos y otra indumentaria para generar amenazas y, por ende, violencia. Es decir un grupo radicalizado de extrema derecha que decidió que la justicia está en sus manos, y que, seguramente, han sido privilegiados porque su identidad nunca ha sido consultada, no han sido investigados por “portación de rostro”, ni puestos en listas de peligro por sus inusuales fotos y videos que alaban la violencia en algunas redes sociales. 

“Tal vez es mucho pedir responsabilidad en el lenguaje sobre la seguridad que, por décadas, ha sido utilizado como un recurso político electoral que desde ambos lados del espectro político ha traído resultados”.

Nada peor que el sentido de tener el “derecho” a hacer lo que uno quiere, a saber que uno es casi intocable, que los abogados personales saldrán con explicaciones oblicuas, que nadie duda  que sus intenciones no eran criminales, sino que se pasaron de “idiotas” por usar sus propios autos o de frustrados por el resultado del plebiscito. Bueno sí, algo peor es que todas esas cosas pasaron y reafirmaron que en Chile la cuna no sólo trae todo tipo de beneficios sino también de impunidades. 

En este marco, la declaración del subsecretario del Interior ,cuando en una entrevista en la radio Cooperativa, dice “los utensilios que tenían no eran de gran importancia, salvo esta subametralladora Uzi” permiten definir dos hipótesis explicativas. Primero, se negó a decir armas justamente para bajar el perfil a un hecho claramente grave. Dudo que la primera palabra que se le pueda ocurrir a un actor clave de las políticas de seguridadno sea armamento o armas o daño o terrorismo; sobre todo por que las ha usado en otras muchas ocasiones, cuando no hubo amenazas directas y mucho menos una subametralladora presente. Segundo, realmente no cree que estamos frente a un fenómeno complejo de radicalización de la ultraderecha que motivada por la frustración por la victoria del apruebo, considera que sus propiedades, sus privilegios, su modelo están puestos en peligro. 

En cualquier caso, una enorme equivocación por parte del subsecretario y los utensilios; el gobierno y la querella que no invoca la Ley de Seguridad del Estado y una parte de la derecha política que no deslinda tajantemente con estas prácticas. 

No olvidemos que el ex ministro Pérez dijo sobre la fiscal “se lo hemos dicho, yo personalmente se lo he dicho, que carece de objetividad muchas veces. Pero ella es una persona, una fiscal, que hay que respetarla y nadie puede amenazar a otro en Chile”. 

Más directo fue el senador de la UDI, Ivan Moreira, que afirmó: “cuando uno hace política como fiscal, es sin llorar. Se expone a este tipo de cosas. Nadie va a aplaudir que haya una amenaza, pero no nos vengamos a hacer las víctimas”.

La radicalización de grupos de extrema derecha no es un tema que debamos naturalizar, banalizar o minimizar. En el mundo entero está cada día más claro que son estos colectivos los principales promotores de ataques de odio, violencia armada y amenazas permanentes contra todo lo que pueda significar diferencia en la forma de pensar. Acostumbrados a privilegios de cuna o a una autopercepción que los coloca como víctimas de las minorías, se constituyen en grupos anónimos, o incluso abiertos, que hacen de la apología de la violencia un mantra. 

Nuestras desiguales sociedades están demasiado acostumbradas a la desigualdad a todo nivel. Nuestro lenguaje termina jugando un rol de justificación, cuando a las viviendas sociales las llamamos soluciones habitacionales, cuando a la violencia policial la catalogamos como excesos individuales, cuando a la dictadura la llamamos gobierno militar y mil otros ejemplos que nos muestran de cuerpo entero. 

Esta vez se cruzó un límite de desigualdad preocupante e inaceptable, porque cuando alguien aparezca muerto por un “utensilio” no serán pocos los que considerarán que fue un accidente menor, resultado de una confusión o de un estado psicológico de trauma. 

La irresponsabilidad del lenguaje, esta vez, es espejo de la irresponsabilidad política, que en temas de seguridad, nos acompaña hace mucho tiempo.

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Charlas

¿Qué Sucede en Perú?

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Perú: ¿Se evitó el salto al vacío?

En: Análisis Carolina

Resumen: Perú está en permanente riesgo de caer en una crisis de gobernabilidad. La carencia de un sistema sólido de partidos políticos; la consolidación de liderazgos clientelares —ligados a mecanismos dudosos en el financiamiento de campañas—; la cooptación de diversas instituciones del Estado; y la desafección ciudadana en temas políticos, son elementos clave para entender el recurrente estado de “crisis” en el que la política peruana se encuentra en las últimas décadas. Sin embargo, lo ocurrido en noviembre de 2020 puede marcar un punto de inflexión.

Fecha: 2020-11-30

Autor: Lucía Dammert & Eduardo Dargent

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Entrevistas

“Lo que se instaló en Perú fue una cultura de la ilegalidad donde casi todo estaba permitido”

En: El Mercurio

Fecha: 2020-11-18

Autor: Mauricio Ávila

Tres presidentes en ocho días. Perú vive días convulsionados, después de varios años con crisis políticas.


Desde Alberto Fujimori, todos sus presidentes han sido procesados por la justicia (Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra) y no se sabe qué pasará con Manuel Merino, quien solo estuvo unas horas en la primera magistratura. Ayer asumió Francisco Sagasti con la esperanza de dar algo de estabilidad al vecino gobierno. La doctora en Ciencia Política Lucía Dammert es peruana avecindada en Chile y hoy hace clases en la Universidad de Santiago. Dice que hay similitudes ocurrido en Perú en estos días y lo que sucedió en Chile durante el estallido social.


Pero también diferencias. -¿ Por qué Perú está viviendo esta crisis? -Lo que ha pasado en los últimos 15 años tiene que ver con varias cosas, pero indefectiblemente todo te lleva a la época del régimen de Alberto Fujimori. Porque él fue el encargado de complejizar la relación política con el dinero, vía Vladimiro Montecinos (su principal asesor), pero también con otros mecanismos. Se consolidó un sistema que uno podría llamarlo extorsivo, en algún sentido, un sistema de relación entre los partidos y los militantes muy clientelar. Eso distorsionó todo, y no solo la gente, sino también los partidos, asumieron una práctica política aceptable. De ahí en adelante se ve un deterioro enorme de los partidos políticos.


También pesó la promulgación de leyes que limitaban el desarrollo de nuevos partidos, y un Congreso que fue crecientemente disminuyendo en calidad. -¿ Se normalizó la corrupción? -No sé si se normalizó, pero sí la corrupción se convirtió en una práctica cotidiana. Ahora, hay que decir que en Perú hay muchos casos de gente que ha sido sometida a juicios de corrupción, que han sido perseguidos por la ley y están cumpliendo condenas.


Entonces, ha habido un sistema de persecución a los corruptos, pero lo que se instaló más bien es una cultura de la ilegalidad donde casi como que todo estaba permitido: los favores, el lobby, la colusión de los empresarios, la venta delas dádivas presidenciales, que fue lo que le encontraron a Alan García suicidó cuando la policía fue a detenerlo). Más que un tema de corrupción, es un tema dela cultura de la ilegalidad. -¿ Esto se transformó en un terreno fértil para la llegada de Odebrecht con sus coimas? -Por supuesto. Ahora, mi impresión es que Odebrecht hizo lo mismo en prácticamente todos los países de América Latina. Lo que pasa es que en el caso peruano hubo más delación compensada. Hubo intentos, por ejemplo, de generar leyes sobre financiamiento de los partidos, pero al Congreso no le convenía que se aprobaran. Entonces, las pocas reformas políticas finalmente fueron implementadas por Martín Vizcarra, vía plebiscito. Pero los políticos se parapetaron en sus bolsillos. Hubo cosas que fueron como una burla al país. Uno iba sabiendo lo de la venta de los indultos, la relación con muchos periodistas que terminaron presos.


Felizmente hubo un grupo de fiscales jóvenes que sí dio la pelea por una política anticorrupción, que al final del día pueden haber sido opacados por parte de la política más tradicional, pero ellos como que mostraron que existía la posibilidad también de contestar a esta normalización dela ilegalidad. -¿ Por qué la gente está saliendo hoy ala calle en Perú? -Necesitamos un poco más de tiempo para identificar cuáles han sido los factores, pero podría mencionar tres. Primero, son muchos años de hartazgo de esta política para el autoservicio. El segundo factor es el covid. El virus ha impactado en el Perú de forma muy importante. Por muchos años el peruano pensaba que la corrupción no tenía un costo para el ciudadano, la veía como un problema lejano.


Sin embargo, covid hay un reconocimiento de que la corrupción o las prácticas políticas no permitieron mejorar el sistema de salud, los hospitales no daban Abasto, no había nada… en el fondo Perú tenía plata para repartir, pero no sabía cómo repartirla a sus ciudadanos porque el aparato del Estado estaba muy débil. Entonces creo que esto permitió darse cuenta de que finalmente lo que hacen los políticos sí afecta a la ciudadanía. Ligado con eso, la pandemia ha afectado enormemente la economía peruana.


Hay muchos jóvenes que han salido a marchar porque han visto fallecer a algunos de sus abuelos, han visto que sus padres han perdido los trabajos y han tenido que pasar a la informalidad, porque han visto el aumento de la violencia en los hogares, porque ni siquiera pueden hoy pagar sus estudios. Frente a ninguno de esos problemas hay una respuesta estatal seria. Y agrego un cuarto elemento: esta nueva generación no le tiene miedo a una discusión política distinta. Tienen como muy en el pasado lejano el recuerdo del “senderismo” (por el grupo terrorista Sendero Luminoso), de la violencia interna del Perú.
Y eso les permite salir a las calles con una tranquilidad generaciones anteriores no tenían. -En la calle no hay consignas de apoyo ni a Merino ni a Vizcarra. ¿Podrá gobernar Sagasti si la gente no cree en los políticos? -Efectivamente, lo que la gente ha buscado es un cambio en la forma en la que se hace política. La calle no quería a Vizcarra, pero clamaba en contra del sistema que lo había sacado. Creo que a pesar de todo ha sido un proceso virtuoso porque se logró, entre muchas peleas y negociaciones, dar con un candidato como Sagasti, quien probablemente represente un poco lo bueno dela política. Es una persona que no se ha enriquecido con el ejercicio de los temas públicos. Ni tampoco tiene un interés económico industrial de algún mercado particular, que no está representando ahí ni a las empresas ni a los mineros ilegales, a nadie. Dicho eso, no la va a tener nada de fácil.


Me imagino que debe esas mujeres y hombres que van a tener la tarea de demostrar que otra política es posible. -Merino fue abandonado por la Clase política pocas horas después de colocarlo en la presidencia. ¿ Le tuvieron miedo a la calle? -La clase política que está hoy en el Congreso no tiene lealtades. Encontró en Merino a una persona o personaje que podía cumplir una función o rol específico y cuando vio que no lo cumplía, lo abandonó. Y lo hizo en menos de 48 horas. La política peruana es un poco antropófaga. Merino vaa cumplir un rol bien triste en la historia.


Pero, por otro lado, fue la ambición desmedida de este grupo político y su necesidad de resolver sus agendas personales lo que los llevó a esta debacle. -¿ Esta crisis tiene parangón con lo sucedido en Chile? -Creo que tiene cosas comunes. Primero, la distancia entre la política y la ciudadanía.
No solo entendida como una política súper cerrada y que se mira al obligo permanentemente, sino también por una ciudadanía que estaba un poco apartada de las conversaciones políticas, ya sea porque lo encontraba distante, sucio, lo que sea, pero una ciudadanía más marginal. Segundo, es bien importante el tema de las nuevas generaciones que participan y que salen a la calle conforman una representación muy distinta a la tradicional. Tercero, lamentablemente, la respuesta pública fue de represión policial, que en el caso peruano ha tenido dos jóvenes asesinados. Entre las diferencias uno podría pensar que en Perú la protesta fue inicialmente contra el sistema político. Acá en Chile, desde el inicio la protesta fue más económica, del modelo de desarrollo, de las injusticias, la desigualdad, las AFP.


Está por verse si en Perú se da el otro paso, si efectivamente comienza a aparecer una discusión pública sobre las desigualdades, que en Perú son brutales. -¿ Qué papel están jugando las Fuerzas Armadas? -Cumplieron un rol significativo desde el silencio. El día de la marcha pudo ser muy feroz, porque la gente estaba en la calle cuando comenzó el toque de queda. Sin embargo, los militares tranquilamente se retiraron de algunos lugares donde había manifestantes. Eso yo creo que es algo que hay que valorar. Y luego, pareciera presidente Merino y otros miembros del gobierno trataron de vincularse con las FF.AA. Para pedir algún nivel de apoyo.


Pero ellas dijeron que estaban por la Constitución y no para dirimir ningún debate político específico, lo cual también es una buena noticia, dado que pudieron haber desequilibrado la balanza si hubieran apoyado a Merino o hubieran generado algún nivel de violen las calles